Hola, soy Toru Hoshino (@jazzbassisttoru), instructor de bajo en Line on Bass.
Este artículo es el relato de cómo, desde que me dije por primera vez «quiero tocar jazz», llegué a actuar en mi primera sesión de jazz — pasando por muchos rodeos y mucha vergüenza por el camino.
Punto de partida: un punk rocker con el pelo rosa
Tenía 26 años. Era un freelance con el pelo teñido de rosa que nunca había escuchado jazz en serio. El punto de partida fue una conversación con la señora del estudio de ensayo donde tocaba:
Yo: Oye, me gustaría intentar tocar jazz.
Señora del estudio: Pues ven a la sesión que hacemos aquí. Algo de blues sabrás tocar, ¿no?
Yo: Mmm… supongo. (¿Blues? ¿Qué es eso?)
Fui a la sesión unos días después, vi cómo tocaban los músicos de jazz, y me quedé paralizado. Cuando alguien me preguntó si quería tocar, dije que no. Quedé fatal delante de la chica con la que salía entonces.
Repetí ese ciclo durante 10 meses: decía que quería tocar jazz, iba a la sesión, me acobardaba y me iba sin tocar.
Tenía tres frenos:
- No podía imaginarme a mí mismo tocando jazz
- Miedo a equivocarme delante de desconocidos
- No conocía a nadie fuera del mundo punk que pudiera orientarme
El primer paso real: el primer concierto de bajo
La señora del estudio me dijo: «¿Por qué no pruebas a tomar clases de bajo?» Fue lo que me hizo moverme. Pero incluso entonces tardé 2 meses más en apuntarme porque pensaba: «Yo no necesito que nadie me enseñe» (a pesar de no saber distinguir un acorde mayor de uno menor).
En total, casi un año desde que quise empezar hasta que fui a mi primera clase de prueba.
Primera clase de música de mi vida
Fui a una escuela de jazz en Shinjuku. Mi profesor me preguntó qué grupos me gustaban. Le dije Rancid y Laughin’ Nose. El profesor se quedó con la boca abierta. Me pidió que tocara lo que quisiera. Después del primer ejercicio, me corrigió la forma de sostener la púa — el primer consejo técnico en 8 años de tocar el bajo.
Ese mismo día me apunté a la escuela.
El mensaje de esta historia
El jazz puede parecer intimidante, sobre todo si vienes del rock o del punk. Pero no hace falta ser del conservatorio para disfrutarlo y crecer. Todos empezamos desde algún sitio. Lo único que importa es dar el primer paso — aunque tarde un año.

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